El otro patriotismo – Por Mario Ramos Méndez – La Patria Gente

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El otro patriotismo

Por eso nunca permitió que los avatares cotidianos la desviaran del verdadero sentido de la vida

No sé cuánto tiempo hace, pero fue hace muchos años. Tal vez, no los suficientes para que el recuerdo se olvidara, si es que esos recuerdos alguna vez se olvidan. Tercamente creo que no. Los llevamos como un tatuaje en la memoria que a veces se torna borrosa, pero de momento algo los trae a la luz y el pasado vuelve. Memoria y olvido se alternan en nuestra realidad existencial. Doris, una mujer de una bondad sin límites, no la veremos nunca en un libro de historia. Su nombre tampoco aparecerá en ningún periódico ni se escuchará en la radio ni en la televisión. Sin embargo, en su pueblo natal, marcó a una generación con su bondad expresa, porque siendo un personaje de la intrahistoria alumbró la vida de muchos.

De niño yo la veía caminar todas las noches con sus hijas desde su casa hasta la casa de madera que antes había frente a la Iglesia Evangélica, en la calle Barbosa esquina Carrión Maduro en Yauco. Todos sabíamos que el propósito de esa visita diaria era ver la novela que todo el mundo, a esa hora en Puerto Rico, veía. Eran los tiempos donde las mujeres se visitaban durante la noche a la misma hora y las tertulias se formaban al momento de venir los anuncios, y una de las salas del vecindario se convertía en ese instante en una especie de cine. Por ser el amor un principio cardinal en la vida de toda mujer, los comentarios de las contertulias se escuchaban en la calle. Sabíamos de lo entretenida de la programación porque al llegar a la casa escuchábamos: “La novela estuvo buena.” Era algo cultural en el Puerto Rico de la época.

De Doris nos era difícil creer que, siendo una mujer que perdió tres hijos: la primera, que era la mayor, jugadora de la selección de volibol de Puerto Rico, en un accidente de aviación; la segunda, por una incurable enfermedad; y el menor, único varón, en un vil asesinato, tuviera una solidaridad y don de gentes en el trato con el prójimo. Ella anunciaba la muerte de cada uno de ellos con una fuerza emocional que causaba sorpresa en los demás, y antes de que ellos la consolaran ella los consolaba a todos. Recuerdo cuando un deambulante de toda la vida y que el pueblo entero conocía como “Perico” no tenía dónde tomar café y Doris, todas las noches, le colaba uno. Su vida, como la de muchos héroes anónimos como ella, estuvo de una manera u otra en la vida de muchos, lo que me ha hecho pensar que ya es hora de redefinir el término “patriotismo”; tan cargado de política en el Puerto Rico contemporáneo.

La vi muchas veces dar más que aquellos que podían dar mucho y no daban, y ella lo hacía sin que se lo pidieran ni, mucho menos, nada a cambio. Siempre me sorprendió esa dulzura que mostraba a los demás aun cuando había perdido tres hijos. Alguien que la hubiera conocido después de esas tragedias nunca hubiera pensado que pasaron, porque no lo parecía y porque Doris tampoco lo mencionaba ni daba atisbos de que había sucedido. Como todo mortal que haya habitado o habite este mundo tenía su mal genio, por supuesto. “Lo perfecto es inhumano”, dice una vieja canción. En cambio, enfrentó la adversidad con una espiritualidad admirable.

Por eso nunca permitió que los avatares cotidianos la desviaran del verdadero sentido de la vida, porque su fe era de granito; y porque sabía que solo nos llevamos, cuando llegue el día del último viaje, aquellas obras que comenzaron en el corazón. Saber que como ella hay y vendrán otros, es una garantía irrefutable de que esta patria bendita nunca morirá.

Mario Ramos

Historiador y colaborador de El Vocero

Marcha En Contra de los Aumentos y Abusos

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